17 feb. 2018

EL HIJO DEL CARPINTERO



     Y bueno, acaba de llegar a librerías uno de mis libros preferidos de la saga. La posible historia de Jesús durante sus dieciocho años de desaparición. Difícil olvidar esta imagen del Maestro en posición de meditación. Espero que lo disfruten.






16 feb. 2018

Satanás en Francia



Esta semana salió la traducción de Satanás al francés en una editorial joven extraordinaria llamada Asphalte. Ya está en las librerías en París y en otras ciudades principales. Qué bien.






12 feb. 2018

Improvisación de un actor que lee






   La noche estaba empezando hasta ahora. El actor italiano de 65 años, Giovanni Mongiano, estaba en su camerino recitando algunos apartes de un monólogo que presentaría en un pequeño teatro del norte de Italia. El título de esa obra era: Improvisación de un actor que lee. Practicó algunos gestos en el espejo, revisó su maquillaje, hizo algunos ejercicios de vocalización. Todo estaba listo. De pronto, la mujer que trabajaba en la taquilla abrió la puerta del camerino y le dijo con pesadumbre y cierta pena contenida:
- Señor Mongiano, no sé cómo decirle esto.
- Tranquila, la escucho -dijo el actor sin dejar de mirarse en el espejo.
- Es una situación un poco incómoda.
- Dígame, no se preocupe.
- Debo comunicarle que es preciso cancelar la función.
- ¿Es una orden del productor?
- No, señor.
- ¿Y entonces?
- Es que no se ha vendido ni una sola entrada -dijo la mujer inclinando la cabeza con pesadumbre.
   Mongiano se quedó unos segundos pensativo y entonces dijo con cierto ánimo renovado:
- No importa. La función se realizará igualmente.
- Es que creo que no me ha entendido muy bien -dijo la mujer con cierto cansancio en la voz-. Ya cerramos la taquilla. No se vendió ni una sola entrada.
- Ya lo sé -respondió Mongiano sin inmutarse-. Haré la función de todos modos.
   La mujer insistió por última vez:
- Señor Mongiano, yo entendería ese gesto si hubiéramos vendido cinco boletas, o tres, o dos. Incluso lo entendería si hubiera una sola persona en el teatro. Pero es que no hay nadie. Todas las sillas están vacías.
- Precisamente por eso mismo es que debemos realizarla. Soy un profesional. Por favor comuníquele al encargado de luces que empezaremos a tiempo.
   Y, en efecto, a los pocos minutos, puntualmente, Mongiano salió al escenario y empezó a recitar su monólogo con seguridad y aplomo.  Caminó de un lado para el otro, agarró una calavera en un momento dado, bailó, se sonrió, arrojó papeles por el aire. El encargado de luces estaba profundamente conmovido y grabó algunos apartes que más tarde se volverían un suceso en las redes sociales.
   Al día siguiente varios medios de comunicación empezaron a hablar del viejo actor que se había mantenido firme en el escenario ante los embates de una época a la cual la cultura le interesa muy poco. Otros hablaron de un héroe anónimo. Algunos incluso afirmaron que había llegado el momento de entablar una querella en contra de una sociedad banal, frívola y superficial que prefería seguir en la red a cualquier celebridad idiota que asistir a una obra de teatro.
   Sospecho que a Mongiano no le interesaba ninguno de estos debates. Solo hizo lo que consideró correcto: respetar su trabajo. En las viejas tradiciones budistas se habla de “la acción sin mérito”, que significa algo como esto: debemos cumplir con nuestras obligaciones no pensando en los aplausos, ni en los golpecitos en el hombro, ni en el dinero, ni en las retribuciones que recibiremos a cambio. Hacemos lo que hacemos porque sí, porque es nuestro deber. Aunque a estas alturas ya a nadie le importe.

5 feb. 2018

El peso de la soledad





   Hace unos años un preso norteamericano que estaba condenado a confinamiento solitario escribió una petición conmovedora: le explicó en una carta al juez que tenerlo aislado, en silencio, sin contacto humano, era una tortura de dimensiones casi sádicas. Explicaba que eso era aún peor que todos los posibles crímenes que él hubiera podido cometer. Entonces se preguntaba: ¿cómo era posible que el sistema judicial fuera más cruel que sus propios convictos? En esa misma misiva analizó el deterioro físico y emocional de sus compañeros de pabellón, la locura que los empezaba a destruir, la depresión, los ataques de pánico o de ira que los podía conducir incluso a atentar contra sus propias vidas. Y terminaba su carta suplicando algo: que lo dejaran hablar con otra persona, que le permitieran interrelacionarse, que le dieran la posibilidad de trabajar junto a otros de los reclusos.
   Esta semana se nombró en el Reino Unido a la Ministra de la Soledad. Suena como a ciencia ficción, y no, tiene un sentido profundo. El aislamiento está convirtiéndose en una pandemia que trae consigo graves consecuencias: deterioro físico y cognitivo de las personas, improductividad, falta de asistencia a los puestos de trabajo, exceso de atención médica para los solitarios que cuesta mucho dinero.
   En primera instancia, uno cree que están hablando de los ancianos, de los abuelos que no tienen con quién hablar o compartir. Y sí, claro, se trata de ellos también, pues sobre todo en los inviernos se quedan atrapados en sus apartamentos y ni siquiera pueden acercarse a los supermercados para comprar sus víveres. Muchos de ellos son encontrados después de muertos por el olor. Sus vecinos dan la voz de alarma y las autoridades los encuentran ya putrefactos, en estado de descomposición.
   Pero se trata también de los jóvenes, de aquellos que crecieron ya en la era digital, y que no se dieron cuenta en qué momento la tecnología los aisló y los encerró en sí mismos. Un buen día empezamos a cortar los lazos que nos unían con amigos, colegas o parejas, y nos empezamos a quedar metidos en los videojuegos, en nuestros televisores, en nuestros computadores, en nuestros teléfonos celulares. Los contactos a través de Facebook o de Twitter nos dejan igual, encerrados en nuestras habitaciones sin un apretón de manos, sin un abrazo, sin un beso. Y la característica principal del Homo Sapiens ha sido su capacidad para asociarse con otros en busca de propósitos comunes. Por eso vencimos a los Neandertales y a otros homínidos, esa fue nuestra fuerza, nuestro plus en la larga ecuación de la supervivencia. Y los chats por la red no nos hacen más fuertes ni nos permiten abrazar a los otros para alcanzar metas grupales.
   Eso significa que la pretendida intercomunicación lo que ha generado en realidad es pura reversibilidad: en plena era digital estamos más solos que nunca. En Gran Bretaña se calculan cerca de nueve millones de solitarios. En Estados Unidos una encuesta habla de más del 40% de la población, es decir, casi la mitad de las personas. Y en Japón es considerada ya una epidemia que impide incluso amarse, abrazarse, tener relaciones sexuales. Los internautas prefieren acostarse con avatares de los programas computacionales que con sus semejantes.

   Este es nuestro tiempo. Esta es la soledad que nos está carcomiendo como una enfermedad silenciosa. De algún modo, nos estamos convirtiendo en ermitaños huraños, en monjes cibernéticos, en cascarrabias silenciosos que confundimos los chats virtuales con amigos de verdad.

29 ene. 2018

UNREST





   Desde hace tiempo hay pacientes que vienen presentando un extraño comportamiento: debilidad general, fiebre, fotofobia, falta de concentración, depresión. Los médicos, como suele suceder, no tienen ni idea de qué se trata. Han inventado mil teorías, entre ellas unas de procedencia psicoanalítica: que todo está en la mente del paciente, que se trata de un trauma infantil no solucionado, de hipocondría, de histeria. Incluso hay algunos que han arriesgado una hipótesis miserable: que no hay pacientes sino actores urdiendo una trama mentirosa para quedarse en casa y no hacer nada. Lo cierto es que cada vez más personas alrededor del mundo no pueden ya levantarse de la cama siquiera.
   Mi primer contacto con esta enfermedad lo tuve hace ya varios años en Gijón. Una amiga mía encargada de llevar la prensa de la Semana Negra de un momento a otro enfermó y tuvo que retirarse porque no tenía energía para cumplir con su trabajo. Fue algo terrible y cruel, pues ella era una persona muy activa, sonriente, simpática. Un par de años después regresé a Gijón y quise visitarla. Nos pusimos una cita en una cafetería frente a su edificio. Conversamos por cerca de una hora y entonces ella me dijo con una mueca triste:
   - Lo siento, no puedo más.
   Tuve que ayudarla a cruzar la calle y a entrar en el ascensor. Estaba extremadamente fatigada. Esa hora dialogando había gastado el máximo de energía que tenía por día. Sin embargo, se mantenía muy activa en la red, escribía, reseñaba y continuaba leyendo de un modo admirable. Lo peor era que el servicio de salud español no quiso reconocer al principio que su imposibilidad para trabajar no era una excusa inventada, sino un Síndrome de Fatiga Crónica, esa extraña enfermedad que hasta ahora está empezando a conocerse en los círculos médicos. No sé si a estas alturas ya habrán acatado sus argumentos y si aceptaron a nivel oficial la existencia de esta dolencia.
   Para estos pacientes, aparte de los malestares físicos y psíquicos, que son terribles, está el problema de tener que lidiar con la falta de investigación, de apertura y de comprensión por parte de buena parte de la comunidad médica, que no tiene ni idea de cómo se origina esta enfermedad. Al comienzo se le asoció solamente al estrés de nuestro tiempo y a los ritmos desenfrenados de un capitalismo que nos obliga a trabajar más allá de nuestra propia resistencia. De hecho, se le ha llamado también la gripe del yuppie porque ataca principalmente a jóvenes urbanos que cargan sobre sus hombros un exceso de responsabilidades, mucho estrés y que no descansan las horas suficientes. Luego se dijo que era una variable de la depresión, que sin duda es la enfermedad de nuestro tiempo. Y últimamente parecería ser una combinación muy peligrosa de virus y bacterias que atacan nuestros cuerpos en momentos en los cuales estamos con las defensas abajo, hasta el punto de herir todo el sistema inmunológico y dejarnos fuera de base.

   Por eso es tan impactante el documental Unrest, producido y dirigido por Jennifer Brea, quien sufre la enfermedad actualmente. Desde su cama, postrada, disminuida y muchas veces al borde de la desesperación, esta mujer joven ha tenido el coraje de realizar este testimonio desgarrador. La obra ya recibió el premio especial del jurado en el prestigioso Sundance Festival y ha sido preseleccionada también para los premios Oscar. Es un ejemplo de resistencia política ante un establecimiento que se niega a aceptar y reconocer el dolor de estos pacientes que muchas veces han optado por el suicidio para no tener que aguantar más tanto sufrimiento. Netflix lo acaba de incorporar a su parrilla y sin duda es uno de los trabajos más conmovedores y honestos que podamos ver actualmente.