24 may. 2018

Columna de Santiago Gamboa





La última novela de Mario Mendoza, Diario del fin del mundo, lleva al lector a una historia que se escucha a través de varias voces y lo conduce por una especie de subterráneo del que surgen todo tipo de personajes: desde una hermosa fotógrafa cuya vida, vista de cerca, se consagró al arte y a la búsqueda de sentido, pero que está ausente en el momento en que es evocada por los dos hombres que más la amaron y tal vez comprendieron; un inmigrante alemán anclado en una vieja casona del centro de Bogotá, sumergido entre recuerdos y huyendo de una o muchas culpas; el horripilante doctor Joseph Mengele, médico e investigador nazi que luego huyó a Latinoamérica, donde continuó con sus experimentos sobre los gemelos, y la increíble relación del propio Hitler con Colombia. Todo esto va surgiendo a medida que dos antiguos amigos se reencuentran y, a través de cartas y llamadas, intentan reconstruir el pasado que los unió, mucho más allá de lo que ninguno fue consciente.

En esta novela, tal vez una de las más personales de Mario Mendoza, vemos surgir de nuevo sus viejas obsesiones narrativas: la forma epistolar, que va desenredando la trama de una profunda amistad y la lleva a sus últimas consecuencias; o la novela negra, esa que en sus libros se suele presentar con el investigador Frank Molina, un hombre de la calle profunda, alcohólico, bipolar, marihuanero y adicto al porno, que le ha permitido al propio Mendoza teorizar sobre lo que él llama “policiaco psiquiátrico”. En esta ocasión, Molina le ayudará al propio Mario Mendoza, autor y personaje, a comprender y desentrañar los secretos de un anciano y su relación con el entorno bogotano. Es el propio Mario, con nombre y apellido, con su profesión de escritor y sus libros, quien está en el centro de la historia y va organizando los hilos narrativos, mezclándose con sus propios personajes y llevando a cabo una investigación que muestra al lector algunos aspectos de la relación entre Colombia y el derrotado Tercer Reich.

También, como en sus libros anteriores, en este predomina un intenso sentido de la amistad que va unido a una mirada crítica de la realidad, a un profundo descreimiento sobre los valores que predominan en nuestras sociedades occidentales, y un gran desapego al mundo material, como vemos con su amigo Joseph, otro náufrago que decidió refugiarse en medio de papeles y libros, para observar desde ahí el mundo y ofrecer su mirada escéptica, burlona y por momentos cruel, anuncio de sucesivas apocalipsis. Es lo que el lector encuentra en el Diario del fin del mundo, al final del libro, algo muy característico del estilo de Mendoza, que usa la forma del diario para intercalar voces nuevas e introducir ideas y reflexiones, siempre provenientes de solitarios que luchan contra una galería de fantasmas, y que cuentan con un potente radar que los hace ser despiadados con la vida y sus banales ritos. 

“La gente morirá por depresión”, dice al final el diarista, “las ciudades serán en realidad prisiones con celdas donde cada quién sentirá horror de salir a la calle”. Es la descarnada realidad del mundo literario de Mario Mendoza, sus obsesiones y análisis, algo construido a través de más de una docena de novelas, todas interconectadas, que nos ayudan a interrogarnos y sin duda a comprender el propio espacio en el que vivimos.


(Tomado de:   http://www.elpais.com.co/opinion/columnistas/santiago-gamboa/diario-del-fin-del-mundo.html)

21 may. 2018

"URGENCIAS"






Llevo varias semanas entrando y saliendo de distintas clínicas con un pariente muy cercano cuya salud colapsó justo después de la feria del libro de Bogotá. Había pasado un tiempo sin entrar a esa pesadilla a la que llaman “Urgencias” (entre comillas, porque en ese lugar nada parece ser urgente). Hace mucho que no tenía que experimentar de nuevo ese horror, ese infierno. No hay nada más despiadado e indolente. No sé cómo los médicos y las enfermeras pueden trabajar de ese modo cuya crueldad salta a la vista. Los pacientes se van acumulando en los pasillos, se arruman en unos cubículos aguantando su dolor con los dientes apretados, sudando, esperando la piedad de algún médico que se digne a hacer los exámenes correspondientes, algún galeno que se apiade y consiga una habitación para tratarlos allí como se merecen: con respeto.
La ley 100 ha creado estos focos de miseria y de inhumanidad en donde se violan todos los derechos de los pacientes de la manera más cínica y despiadada. Y lo peor es que si alguien se atreve a protestar o a exigir un poco más de cuidado en los procedimientos, las enfermeras y los médicos lo miran con desdén, con rabia contenida, como si ni siquiera tuviera el derecho legítimo de la protesta. No sé cómo los ciudadanos hemos permitido este tratamiento grosero y ruin durante tantos años.
Para mi enorme sorpresa, cuando le comentaba a algún conocido esta situación, me decía que él o ella también había pasado algo similar con su padre, con su hermana, con su esposa. Es decir, todos hemos sido maltratados por las clínicas y los hospitales, a todos nos han escupido en la cara sin que podamos defendernos. Es de no creer. ¿Cómo pueden tener a un paciente durante días en un cubículo o en una habitación sin los exámenes debidos, sin un diagnóstico correcto? ¿Cuánta gente ha muerto por esa negligencia, por esa impiedad? Aunque la pregunta correcta es: ¿a cuántos han asesinado en esas salas vergonzosas de “Urgencias”? ¿Cuántos crímenes habrán cometido esas personas vestidas de blanco por no actuar de manera diligente y correcta? ¿Y por qué nosotros nos hemos acostumbrado a que nos maltraten y nos maten sin decir nada, sin pronunciarnos?
Entonces recordé que alguna vez yo quise estudiar Medicina y que me desilusioné rápidamente de esa profesión. Los ideales de servir y ayudar a los demás se van a la basura apenas el recién egresado tiene que enfrentarse al sistema médico. Esas series televisivas sobre varios médicos abnegados y presurosos que atienden a sus pacientes con afecto y profesionalismo dan risa. Sería maravilloso hacer una serie realista sobre el mismo tema: doctores y enfermeras riéndose mientras alguien aúlla de dolor, chateando al lado de pacientes con los rostros arrasados en llanto, entrando a su correo electrónico junto a señoras en proceso de parto. Sería un éxito rotundo.
Como si esto fuera poco, nuestra medicina nos amputa desde su propia concepción del cuerpo no como un sistema integrado, sino como una serie de partes separadas: hay que pedir una cita con el especialista en rodilla, en estómago, en corazón. Como si mi rodilla no tuviera nada que ver con mi corazón, y mi corazón actuara independiente de mi estómago. Absurdo.
Si a esto le sumamos la ignorancia médica con respecto al cerebro, a la conciencia o a las emociones, tenemos a una serie de analfabetas universitarios revisándonos, medicándonos y al final matándonos con un desparpajo que pareciera provenir de una película de terror. No hay nada más peligroso que caer en manos de este poder médico.
Después de lo que he pasado estás últimas semanas la muerte rápida de cualquiera no me parece una mala noticia: un paro cardíaco, un avión que se desploma, un meteorito que de pronto nos cae encima y nos aniquila. Lo que me entristece y me preocupa es que alguien se enferme y tenga que atravesar ese laberinto horrendo y desalmado que se llama “Urgencias”.

14 may. 2018

INDIGNADOS



 (Tomado de: www.movimiento15m.org)



Me han preguntado muchos lectores por qué no hago público mi voto en las elecciones que se avecinan, por qué no me pronuncio, por qué no digo a qué partido pertenezco o a qué candidato apoyo. Muy bien, voy a intentar explicarme lo mejor que pueda.
No me gustan los delfines políticos porque promueven esa visión de las castas que tanto daño le han hecho a América Latina, razón por la cual quedan descartados Iván Duque (hijo del político liberal Iván Duque, exgobernador de Antioquia y exministro de Minas) y Germán Vargas (nieto del expresidente Carlos Lleras Restrepo y sobrino del exembajador en Washington Carlos Lleras De La Fuente). Sus linajes están ligados a sus privilegios de casta y a sus visiones de derecha con respecto a cómo debería ser manejado el país. Pertenecen a maquinarias políticas muy bien engrasadas. No votaría por ellos jamás.
Petro ha sido el más lúcido y el más destacado en todos los debates. Es un hombre muy difícil de derrotar en el plano argumentativo. Audaz como pocos, preparado, brillante, el mejor congresista que hemos tenido durante muchos años. Ya voté por él una vez cuando logró llegar a la alcaldía de Bogotá, y entonces apareció un rasgo que no habíamos detectado en su personalidad: su carácter autoritario y ególatra. Sus amigos más íntimos, con los cuales había luchado grandes batallas, como Navarro Wolf y Daniel García Peña, intentaron aconsejarlo hasta que no pudieron más y tuvieron que renunciar a sus cargos. Recuerdo bien las sentidas palabras de García Peña en su carta de despedida al entonces alcalde de Bogotá:
En la política, las formas son de fondo. No basta tener los principios correctos ni la razón científica. Un déspota, por ser de izquierda, no deja de ser déspota.
Ese mismo talante dictatorial salió a flote cuando llegaron las investigaciones acerca de su gestión como alcalde. Petro actuó de una manera contraria a la mesura a la que obligaba su cargo: sus discursos en la Plaza de Bolívar fueron incendiarios y muy peligrosos. Y el problema es que los conceptos son fáciles de revisar y modificar. El carácter no. Curiosamente, Petro se parece mucho en su concepción guerrerista de la política al expresidente Uribe. Por eso, uno de sus objetivos principales, si llegara a ser presidente, es convocar a una Constituyente para modificar la Constitución.
Humberto De La Calle es sin duda el más confiable de todos. Y sería maravilloso agradecerle su gestión frente al Proceso de Paz. A él le debemos este nuevo país que ha surgido en los últimos años. Es un hombre preparado, limpio, de un talante moral intachable. El problema es que buscó el apoyo del Partido Liberal, cuyo líder es César Gaviria, un viejo zorro de la política lleno de mañas, acomodaticio y sinuoso como pocos. De alguna manera, las conversaciones entre De La Calle y Fajardo no dieron buenos resultados porque Gaviria estuvo de por medio torpedeando esa alianza.
Fajardo era mi candidato en un principio. Vengo de la Ola Verde de Mockus (por quien voté para el Senado de la República), y por eso creo en ese viejo lema de Mayo del 68: La imaginación al poder. En nuestro caso, podríamos traducirlo como: La educación al poder. Lo he dicho en varios artículos y videos: no conozco un solo país que haya salido del subdesarrollo comprando tanques y armas. La única manera que tenemos de despegar es por medio de la educación y la cultura.
El problema es que Fajardo confundió una posición de centro con una posición meliflua y tibia. Uno puede ser de centro y ser vehemente, combativo, directo. Pensé que él iba a representar a una sociedad civil cansada de tanta polarización, una sociedad civil de centro que no apoyaba a ninguno de los combatientes. Y lo que ha sucedido es que Fajardo se ha desdibujado tristemente, no ha logrado explicar con claridad de qué manera los dineros de la guerra se van a invertir ahora en educación y cultura, y lo peor de todo: parecería no importarle. Cuando buscó la alianza con el Polo creyó que iba a capturar buena parte de los votos de la izquierda, y lo que sucedió fue nefasto: perdió gran parte de los votos de centro y los votantes de la izquierda se fueron con Petro, con cuyas propuestas se identifican mucho mejor.
Así las cosas, solo me representa en el tarjetón una casilla: la que está en blanco. Esa es la casilla de los indignados, de los que no creemos en estos dirigentes políticos, de los que sospechamos que detrás de estas votaciones se moverán millones de pesos para aceitar las maquinarias, de los que aún creemos en utopías que no serán llevadas a cabo por estos candidatos. El voto en blanco es de muy pocos, de los descreídos, de los desesperanzados, pero es un voto radical y honesto que, si algún día llegara a ganar, echaría por tierra todo este sistema político enfermo, corrupto e infecto.

8 may. 2018

Tráiler de 'El Ministerio del Tiempo'




   Ojo a esta serie. En la corriente fantástica española sospecho que puede ser lo mejor que se haya hecho. Por algo ha ganado varios premios, entre ellos el de mejor teleserie de los premios Platino 2018. Los capítulos sobre Cervantes, Lorca o Lope de Vega son inolvidables.

Inmersión - Trailer español (HD)




   La nueva película de Wim Wenders, un director cuyos ritmos cinematográficos son inolvidables.

You Were Never Really Here - Official Trailer #1 [HD] - Subtitulado por ...





   La mejor actuación de Joaquin Phoenix en toda su carrera. Vale la pena ver la potente introspección del actor con este personaje. Quizás desde Taxi Driver o desde Perro Fantasma no veíamos algo semejante. Un verdadero clásico de nuestro tiempo.